Cuando eches la vista atrás

Ahora vives un momento que se te antoja lleno de esperanza y sueños. Todo está por hacer y sientes que cada instante cuenta, cada instante te define….

Pero cuando crezcas un poquito más te darás cuenta que no todo es blanco o negro… y la vida está llena de grises…amarillos…azules…violetas y añiles.

Te darás cuenta que la libertad que tanto ansías viene a la vez que la responsabilidad.

Verás que todas las promesas de amistad no son iguales…la mayoría son circunstanciales… y sólo unas pocas lo son de verdad.

Te darás cuenta que tus esfuerzos por controlar a los demás o intentarlos cambiar son en vano y la única persona que vale la pena moldear eres tú… aunque llegar a esa conclusión te costará unas cuantas decepciones.

Aprenderás a ver las cosas con perspectiva… ni hay nada tan difícil…ni se puede todo…. serás consciente de que la vida está llena de decisiones y si eres consecuente con ellas, todo fluirá más.

Aceptarás que los demás, igual que tú, lo hacen lo mejor que pueden y te resultará más fácil perdonar a quienes te hieren…incluso si ese, eres tú mismo.

Y cuando eches la vista atrás y te recuerdes siendo un adolescente, sonreirás y valorarás lo mucho que de lo malo aprendes…y lo mucho, que en realidad, los demás te quieren.

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Las Semillas

En un pueblo lejano una pareja que quería prometerse en matrimonio debía reunirse con un sabio para que oficiara la boda.

– Bienaventurado sabio, le pedimos sus bendiciones para que formalice nuestro amor en matrimonio-  le dijo la pareja.

– Para poder establecer una fecha que traiga estabilidad al enlace os debéis convertir en agricultores fieles de estas semillas que os entrego hoy- les aconsejó el sabio.

– De acuerdo- dijo la pareja de novios- ¿De qué vegetal son estas semillas?

-No lo sé- respondió el sabio.

– ¿Pero entonces cómo sabremos que tenemos que hacer?- dijeron un poco enfadados.

– Si sois  agricultores fieles lo descubriréis.
La pareja se marchó frustrada a su casa. No entendían porque el sabio no podía darles una fecha para casarse y ya está. ¿Acaso el amor que se manifestaban no era suficiente?

Pusieron cada semilla en un tiesto con tierra fértil. La rociaron con agua frecuentemente para que no perdiera humedad. Al cabo de unos 4 días unas semillas empezaron a brotar y enseguida las pusieron al sol. Pero las otras no aparecían….

La pareja que realmente se quería mucho y deseaba casarse, no desistió y continuó regando pacientemente la otra semilla, mientras que la que germinó iba creciendo poco a poco.
A los 40 días la segunda semilla también germinó y enseguida la pusieron también al sol.

Observaron sus dos brotecitos y descubrieron que se trataba de una tomatera y una patatera. Así que se asesoraron e hicieron todo lo que esas dos hortalizas necesitaban.

Finalmente, al cabo del tiempo se reunieron otra vez con el sabio, muy orgullosos de ofrecerle unos magníficos tomates y unas esplendidas patatas.

– ¡Qué verduras tan ricas! – exclamo el sabio- decidme que habéis aprendido.

– A ser pacientes y respetuosos – contestaron. – I a estar implicados.

– No olvidéis esta lección ahora que os casareis y sobre todo al formar vuestra propia familia, pues vuestros hijos son como esas semillas.

– Al igual que las semillas requieren tierra para echar raíces, ellos necesitan alimento y un hogar seguro.

– Al igual que las semillas requieren agua pura cada día, ellos necesitan vuestro amor incondicional.

– Al igual que las semillas requieren sol para crecer, ellos necesitan vuestra luz para tomarla como ejemplo.

– Al igual que las semillas requieren un agricultor fiel, ellos necesitan unos padres que los vean crecer con atención y respeto.

– Seguid estos humildes consejos dejando ser a las semillas lo que son, y con el tiempo veréis vuestros hijos convertidos en personas que ofrecen sus mejores frutos al resto.

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El cuento de Oruguita

Había una vez una Oruguita que quería ser mariposa. Ella miraba a su papá azul, imperturbable, siempre fuerte y quería ser como él…. Ella miraba a su mamá rosa delicada siempre considerada y quería ser como ella… Un día se acercó a su papa y le dijo:

– ¡Papá cómo puedo llegar a ser una mariposa fuerte como tú!
– No tienes que tener miedo – le contestó.
– ¿Tú no tienes miedo?
– ¡Nunca! – Exclamó su padre.
– Pero yo tengo miedo de no poder ser una mariposa…
– Pues entonces nunca podrás serlo – Sentenció la mariposa azul.

Oruguita se marchó triste y con más miedo que antes… ¿Qué pasaría si no conseguía deshacerse del miedo? Entonces se acercó a su madre y le preguntó…

– ¿Mamá cómo puedo llegar a ser una mariposa tan considerada como tú?
– No debes enfadarte nunca – Le contestó.
– ¿Tú no te enfadas?
– ¡Si lo hago, no lo demuestro! – ¡Exclamo su madre!
Oruguita, de repente, se sintió enfadada… ¡No era justo todo lo que tenía que hacer para conseguir ser una mariposa! Y le preguntó…
– ¿Y qué pasa si me enfado?
– ¡Pues que no serás nunca una mariposa delicada como yo! – le dijo la mariposa rosa.

Oruguita se marchó enfadada, triste y con más miedo… ¡Sería imposible poder llegar a ser una mariposa nunca! – se decía.
Pasaron los días y Oruguita se encerró en sí misma. Tejía una red llena de miedo, ira y tristeza. No sabía cómo salir de aquel sinsabor. Hasta que un día miró hacia el cielo y vio volando una mariposa maravillosa… Era de color amarillo, llena de luz y de alegría. Se acercó a Oruguita y le dijo…

– ¿Qué te pasa preciosa?
Oruguita se puso a llorar de rabia, tristeza y miedo… Rabia porque no sabía cómo conseguir ser una mariposa, tristeza porque decepcionaría a quien ella más quería y miedo porque pensaba que ya nadie le querría, si no lo conseguía.
– Es que nunca podré ser una mariposa de verdad – musitó Oruguita.

La mariposa amarilla le invitó a que la siguiera hacia un lago… Y le dijo
– Dime lo que ves…
Oruguita se asomó y vio una preciosa mariposa color violeta y dijo – ¿Cómo puede ser? He tenido miedo… Me he enfadado… He estado triste…
– Eso no importa – Le dijo la mariposa amarilla sonriendo.
– ¿Por qué? – Preguntó Oruguita mientras se contemplaba convertida ya en una mariposa violeta.

– Sólo tenías que ser tu misma… Siempre fuiste una mariposa.

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